La encíclica Magnifica Humanitas plantea una pregunta central para nuestro tiempo: no si debemos aceptar o rechazar la inteligencia artificial, sino qué tipo de humanidad queremos construir con ella. Desde esa mirada, el texto ofrece una reflexión especialmente relevante para el Derecho, la formación de nuevos juristas y el ejercicio profesional.
Una vieja respuesta a un mundo nuevo
En 1891, León XIII respondió a las heridas de la industrialización con Rerum novarum. Más de un siglo después, Magnifica Humanitas busca responder a las nuevas transformaciones que la inteligencia artificial introduce en el trabajo, el conocimiento, la comunicación y el poder.
La encíclica no adopta una postura tecnófoba ni ingenuamente optimista. Su pregunta de fondo es más exigente: si la tecnología está ayudando a que la vida humana sea más digna, más libre y más verdaderamente humana.
Babel o Jerusalén
La clave simbólica del documento se expresa en dos imágenes bíblicas. Por un lado, Babel: una construcción grandiosa fundada en el orgullo, la autosuficiencia y la pretensión de dominarlo todo. Por otro, Jerusalén: una ciudad reconstruida desde la responsabilidad compartida, donde cada persona responde por su tramo de muralla.
La disyuntiva no es entre usar o no usar tecnología. La verdadera decisión es si la inteligencia artificial servirá para levantar una Babel deshumanizada o para reconstruir una Jerusalén más justa, responsable y habitable.
La inteligencia artificial no sustituye el juicio humano
Uno de los puntos más relevantes de la encíclica es su advertencia sobre el concepto mismo de “inteligencia”. Los sistemas de IA pueden imitar funciones humanas, procesar información con velocidad y producir resultados convincentes, pero carecen de experiencia, cuerpo, conciencia moral y responsabilidad.
En el Derecho, esta distinción es fundamental. La IA puede asistir, ordenar, sintetizar o comparar información, pero no puede reemplazar el juicio del abogado, del notario, del juez ni del estudiante que debe aprender a razonar jurídicamente.
La formación jurídica: trampolín o muleta
La encíclica advierte que toda tecnología educa a quien la utiliza. Por eso, formar juristas en la era de la IA no implica solamente enseñar a usar herramientas, sino también enseñar cuándo no usarlas.
El riesgo no está en que los estudiantes consulten inteligencia artificial, sino en que deleguen en ella el esfuerzo de comprender, conectar ideas, verificar fuentes y construir criterio propio. La IA puede ser un trampolín para quien ya piensa; pero puede convertirse en una muleta para quien aún no ha desarrollado juicio jurídico.
La deuda cognitiva y el riesgo de atrofiar el criterio
Diversos estudios sobre el uso de modelos de lenguaje han comenzado a señalar un riesgo relevante: la comodidad inmediata puede generar una forma de “deuda cognitiva”. Es decir, el usuario obtiene respuestas rápidas, pero reduce su esfuerzo de comprensión, autoría y pensamiento crítico.
Para el Derecho, esto es especialmente delicado. Un abogado no se forma acumulando respuestas, sino aprendiendo a preguntar, distinguir, argumentar y verificar. Cuando ese proceso se sustituye por textos aparentemente correctos, el resultado puede ser una generación de juristas capaces de producir escritos fluidos, pero no necesariamente de comprender el caso.
El ejercicio profesional y la falsa objetividad
En la práctica jurídica, el riesgo más visible es la “impresión de objetividad”. Un texto generado por IA puede parecer sólido, preciso y bien redactado, aun cuando contenga errores, citas inexistentes o argumentos jurídicamente incorrectos.
Los casos internacionales de abogados sancionados por presentar precedentes inventados muestran que el problema no es el uso de la herramienta, sino la renuncia a la función de control profesional. Quien firma un escrito sigue siendo responsable de su contenido.
Abogados, notarios y jueces como autores responsables
La IA puede ser una herramienta útil, pero nunca sustituye la responsabilidad profesional. El abogado que presenta un escrito, el notario que autoriza un instrumento y el juez que resuelve un caso deben conservar siempre el control sobre la veracidad, pertinencia y corrección jurídica de lo que producen.
En el ámbito notarial, esta exigencia es todavía más intensa: la fe pública descansa en un juicio humano sobre capacidad, voluntad, legalidad y autenticidad. Ninguna de esas funciones puede delegarse plenamente en una máquina.
Transparencia, verificación y rendición de cuentas
La encíclica insiste en la necesidad de accountability: saber quién responde por una decisión, cómo se tomó, con qué datos y bajo qué criterios. Esa misma lógica comienza a aparecer en precedentes judiciales sobre el uso de IA en procesos jurisdiccionales.
El punto común es claro: la inteligencia artificial solo puede tener lugar legítimo en el Derecho si su uso es transparente, verificable, proporcional y supervisado por personas responsables.
El Derecho ante la inteligencia artificial
La pregunta para los juristas no es si la IA será parte de la profesión. Ya lo es. La verdadera pregunta es bajo qué condiciones debe incorporarse para fortalecer, y no debilitar, el razonamiento jurídico.
En la formación, esto exige enseñar a verificar, contrastar, leer con profundidad y preservar espacios de atención. En el ejercicio profesional, exige revisar cada cita, cada fuente y cada afirmación antes de incorporarlas a un documento jurídico.
Conclusión: permanecer profundamente humanos
Magnifica Humanitas no ofrece un manual técnico sobre inteligencia artificial. Ofrece algo más importante: una clave de discernimiento. Nos recuerda que la técnica no es neutral cuando modifica la forma en que pensamos, trabajamos y decidimos.
Para el Derecho, la tarea es clara: usar la IA sin abdicar del juicio, aprovechar su potencia sin renunciar a la responsabilidad y colocar siempre a la persona —no a la eficiencia— en el centro de la decisión jurídica.
La alternativa sigue siendo Babel o Jerusalén. También en el foro. También en las aulas. También en cada escrito que un jurista firma.